Cuento de Navidad o como lo quieras llamar

Caminaba a través de las calles, la nieve, era ceniza sobre su cabeza, y los petardos y fuegos artificiales, ráfagas de ametralladora y obuses que silbaban antes de explotar en sitios indefinidos. Andaba parapetándose en cualquier pared, mirando las calles antes de cruzar deprisa. Sabía que salir de allí era una oportunidad, aunque no su salvación; oía gritos detrás suyo, debía darse prisa o no tendría esa oportunidad.

Miraba por la ventana, otro día soleado y frío, los árboles habían perdido las hojas, el marrón y amarillo teñían el parque frente a él. Había pocos coches; claro, mañana era 25. La gente iría a su casa y lo celebrarían en familia, él tendría una visita por la tarde y cenaría con sus compañeros de habitación; cómo una secta de cabezas rapadas, una suerte de budistas enfermos.

Observaba por la ventana de aquel cubículo, viendo pasar gente, su suerte era escapar de allí, su piel y su religión no eran bien vistas en aquel lugar y sabía que cualquier día la muerte aparecería, había juntado un poco de dinero, pero debía ir a una embajada, daba igual cual, pasear por aquella ciudad por el hecho de pertenecer a otra etnia y religión podía significar no contar el siguiente paso, también sabía que el día era mejor que la noche, aguardaría, tenía un plano con la embajada más cercana.

Unos metros para salir a campo abierto, los tiros y voces se escuchaban cada vez más cerca, unos pasos para esa oportunidad de vivir, después… No sabía; pero tenía que conseguir abandonar el fuego y el polvo, se recostó contra la pared; un paso y saldría, miró a los lados, nadie, serpenteo por la pared hasta dar con un extenso desierto y una carretera llena de coches humeantes; escuchó una ráfaga de ametralladora, los disparos rebotaron a sus pies. Miró hacia atrás, un grupo de hombres le había visto, gritaban y disparaban; corrió hacia los coches, su único refugio a las balas, casi 200 metros, pero tenía que llegar allí para ganar terreno.

Iban pasando los minutos, miro el reloj, las ocho, sus padres se habían ido hacía media hora. Otro año más, la misma rutina y la misma esperanza, sabiendo que el tiempo no jugaba a su favor. Entró una enfermera, le sonrió.

Puede que hoy se obre el milagro ¿No crees? Anímate y cree, dijo guiñándole un ojo.

Sonrió amargamente.

Las 2 de la tarde, tenía que andar rápido por calles transitadas y sin levantar sospechas, se puso la chaqueta y salió a la calle, debía apresurarse, tres kilómetros hasta la embajada más cercana; comenzó a andar, giró a la izquierda y salió a la calle principal, notó que le seguían; iba mezclándose con la gente, no debía correr, tenía que ir tranquilo, respiró profundamente y siguió caminando; sacó el plano, le echó un último vistazo. Un giro a la izquierda, 500 metros más a la derecha y de cara a la embajada.

Las balas silbaban, miró por detrás del morro del coche, sus perseguidores estaban a menos de 50 metros, lo había intentado, era el fin, miró al cielo y cerró los ojos preparándose para el final. De repente escuchó tiros provenientes de su espalda, se giró y vio aparecer entre la humareda una bandera azul y dos todo terreno con soldados disparando. Se detuvieron, un soldado le indicó que fuese hacia ellos; encorvado y de coche en coche fue medio corriendo hacia ellos.

Miró a sus compañeros jugando y riendo, miraba por la ventana, era de noche, sus padres estarían cenando con sus hermanos; olió el perfume de su madre, miró el reflejo del cristal y… Abrió los ojos de par en par. Allí estaban sus padres y hermanos, sonriendo se giró y los abrazó; eran las 11 de la noche, entraron la enfermera y el médico ¿Sabes porque han venido? Con lágrimas en los ojos meneo la cabeza. Hay donante, vamos a intervenirte ahora mismo, se sentó en una silla de ruedas, la enfermera le guiñó el ojo, aquí tienes el milagro. Un último pinchazo… Cerró los ojos.

Giró a la derecha, la calle vacía, sentía el aliento y los ojos de alguien tras él. No mires, no mires… Se repetía, aceleró un poco el paso y escuchó ¡Eh! ¡Ven aquí! Miró atrás y vio dos tipos con barras de hierro en las manos; salió corriendo, veía la puerta y los guardias de la embajada, tenía que llegar, tenía que hacer la carrera de su vida, 50, 20 metros, tropezó y calló; se levantó como un muelle y siguió corriendo hasta alcanzar la embajada; miró hacia atrás, los dos tipos a 20 metros le miraban amenazantes. Sabía que sería difícil entrar, habló con el guardia; este le dijo que era navidad, que no se hacían papeleos.

Le ayudaron a subir; los perseguidores habían caído o huido, le registraron con un cacheo rápido y se lo llevaron; el viaje más confortable de su vida, a pesar de ir enlatado, incómodo… Era la gloria, en menos de 15 minutos llegaron a un campamento, bajó del todo terreno, se acercó un intérprete,

– ¿Quién eres, de dónde vienes?

– El intérprete se giró y habló con un hombre de pelo gris; este sonrió y le tendió la mano, está a salvo…

– Y escuchó algo que jamás olvidaría, Feliz Navidad.

Abrió los ojos, estaba en una habitación solo, sus padres le miraban sonrientes, sonrió levemente.

– ¿Qué tal ha ido?

– La operación ha sido un éxito y no hay rechazo; esta vez sí, esto ha sido un regalo.

– Los miró sonriente, este año sí… Feliz Navidad.

Estaba a punto de darse por vencido, volver era la muerte; el guardia le iba a echar, había cambiado la forma de coger el fusil, apareció un coche de la nada, se detuvo en la puerta; el guardia se cuadró, se abrió la ventanilla.

– ¿Qué quiere este hombre?

– Refugio político.

– El hombre le miró ¿Le habéis registrado?

– No señor.

– Hacedlo y que pase, sonrió… Feliz Navidad.

FJBravo ©

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