Agonía

Amaneció frío y oscuro, apenas un hilo de luz se filtraba por las densas persianas de la habitación, su cama, un revoltijo de sábanas y almohadas.

Se levantó como un zombi tras apagar el despertador, su cuerpo estaba despierto pero su mente seguía en letargo. Con el piloto automático en modo on fue a la cocina, encendió la cafetera que sonando como un tractor, de allí paso al baño, se vistió con unos viejos vaqueros y camiseta del montón de ropa para planchar. Sus movimientos estudiados y programados como los de un autómata, algo le guiaba, tal vez el día a día y la rutina.

En su cabeza que poco a poco iba desperezando, surgían ideas, preguntas, soluciones; había entrado en un mundo, un mundo que no le era ajeno, que creía explorado y conquistado; pero no, no era así, en él había arrepentimiento, pruebas que superar, de las que se había caído la V de superado y una nueva pendiente que trepar para alcanzar la cima resucitaba de sus cenizas. Un mundo solitario, yermo y áspero, en la que la sed, el dolor y el esfuerzo eran las únicas hierbas que crecían y debían ser cortadas.

Respiró profundo con la mirada perdida en ningún lugar, no había puntos, reseñas o marcas que le hiciesen ver donde estaba la meta, donde centrarse, solo un vasto espacio, lleno de oscuras sombras burlonas que el debería borrar, hacer desaparecer, con la única luz que no las permitiría proyectarse, la de su brillo, su perdón, su ser interior.

Colocó los auriculares en sus oídos, pero esa mañana no habría música que le acompañase; caminaba ausente, no había nada que le hiciese tomarse las cosas con prisa, caminaba sosegado, desentrañando su interior, todas esas sustancias que envenenaban su mente e invalidaban su alma y corazón. El que quería un mundo libre, una mente calmada, un equilibrio, una concordancia y melodía que inundase todo su ser, se encontraba con el silencio y el conflicto acechando cada recoveco interior, por el que las culebras serpenteaban ocultándose de su visión para poder volver a emboscar su mente.

Apareció de la nada, en un cubículo sin paredes, donde las columnas amenazaban con romperse y desplomar el techo de su existencia sobre él, su mirada reflejaba todo para quien supiese leer más allá de su pupila; y así era, en su interior no había lucha ni batalla, simplemente había colocado pico y pala para limpiar cada piedra, cada hierbajo y quemar cada rastrojo que crecía a su antojo y sin control en su basto mundo interior; sabía que solo le quedaba marchar para adelante, reconstruir y devolver la confianza… En él primero, pues todo empezaba en él, los caminos, la pendiente, la cumbre a alcanzar; esa limpieza general que deshiciese aquel maleficio al que había sucumbido, zozobrando como barco torpedeado, con las máquinas paradas, dejándose llevar por la marea, únicamente moviendo un timón casi inoperante, tenía que llegar a esas costas tras arrecifes y acantilados, con un mar salpicado de un ciclón interior.

La reacción había llegado y allí estaba, en sus manos la única herramienta que le permitiría reconquistar aquel mundo, dejarlo de una vez apagado, permitiéndole ver un universo superior. No había tiempo, espacio, lugar donde esconderse, huir, o lamentarse; solo le quedaba la posibilidad de hacer frente, luchar contra los embates de las olas y resistir cada golpe con estoica fortaleza…

No quedaba nada, solo él, su brillo, su llama, sus ganas; un ego que destruir, un ser que salvar de aquella agonía insana.

FJBravo 2017 ©

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