Sultán

SULTÁN


Llovía, hacía viento, se oía repicar las gotas en los cubos de hojalata, allí estaba el, hasta donde podía recordar no había hecho nada malo, quería a su amo, a los niños, las navidades y los regalos que caían a su boca de los platos; incluso hicieron un viaje, ese en el que oía llorar a los niños sin comprender porque, quería alegrarles, pero no podía iba en el maletero.

Le sacaron a hacer sus necesidades y a dar un paseo, le arrojaron un palo lejos, corrió a por el para devolvérselo a su dueño, cuando lo cogió y miró, no había nadie. Aún captaba el olor de su dueño, del coche… Pero no había nadie,  nada, ¿por qué se habían ido?  ¿ por qué le habían dejado?.

Caminó por la carretera, el campo, siguiendo el rastro, hasta llegar a aquella ciudad y quedar desorientado. Hacía ya bastante de aquello, le habían crecido las uñas, el pelo, el mismo había crecido; aunque más delgado, olía mal, le picaba el cuerpo. Salía a explorar, pero siempre volvía al mismo recoveco, al mismo agujero; aquel callejón y esas cajas de cartón que le cobijaban del mal tiempo.

Había visto a otros perros, pero también hacía mucho tiempo de aquello; algunos cruzaban la calle y quedaban tendidos en el suelo, otros aparecía un furgón, subían y no volvía a oler su rastro.

Aquella noche era especialmente fría, sentía hambre, estaba empapado, agua no faltaba, pero comida… ¿Cuánto hacía del último mendrugo de pan que había probado?, aún así, lo que más  echaba en falta era el cariño, sentirse querido, poder devolver todo eso, dando risas, alegrías y ante todo fidelidad del mayo grado.

Pero no, allí estaba en una ciudad gris, mal oliente, con luces de neón, ruidos de claxon, niños que le tiraban piedras y hasta carne con cosas que no eran de su agrado. Por experiencia había aprendido a no probarlas por mucho hambre que tuviese.

Quedo dormido, con esos sueños recurrentes en los que era abandonado; despertó por el sonido de un frenazo, vió una chica acercarse, empezó a gruñir, no se fiaba, enseño sus dientes, pero no parecía asustarla, en su lugar sacó una galleta y la puso ante su hocico, la olisqueo; tenía buena pinta, la dió un lametazo, dos, al final la engullo, ¡que rica!. La chica lo llamo, ¡Sultán! ¿por qué?, no era su nombre ¿cual era? ¿Chucho?. Eso le llamaba todo el mundo; vió un rastro con galletas hasta donde estaba la chica, con recelo lo siguió, pero su hambre y la sensación que despertaba aquella humana de confianza, le hicieron seguir el rastro hasta subir a la furgoneta; se cerró el portón, comió la última galleta y se rindió quedándose allí tumbado, adormecido, los viajes le mareaban.

Sintió que paraban, todo quedaba estático, el portón se abrió de nuevo, estaba sin fuerzas, no podía andar demasiado fino, olía a limpio, a campo, oxigeno, aire puro y escuchaba ladridos, tenía un collar puesto y una correa; salía de paseo de nuevo, salió de aquel cubículo y observó decenas de perros, escucho sus ladridos, aullidos, dándole la bienvenida, jaulas como en la que estaba de pequeño; pero mucho más grandes, con perros dentro que saltaban, meneaban el rabo, corrían, ladraban, ¡que espectáculo!.

Se acercaba a una puerta, una persona sonriente le esperaba, dijo ¿cómo? ¡Sultán!.

Sultán vamos para adentro, a dejarte limpio, guapo y hermoso. Le pincharon eso no le gusto, intento protestar pero no pudo, estaba sujeto, empezó a caerle agua de una manguera y sentía el cepillo frotando su maltrecho lomo, su cabeza. Estornudo, como si fuese alérgico, el suplicio no duro demasiado y le dieron otra galleta, aquello era un sueño.

Tras sentirse abrazado y medio seco, entro en una habitación, en la que se veía el exterior, al otro lado, un plato de comida, agua y una manta donde poder dejar sus huesos descansar. Volvía a tener su olor característico, el cuerpo dejaba de picar y el hambre había desaparecido.

Se sentía mejor, recuperó peso, podía correr, en un sitio estrecho pero podía; tenía compañeros con los que jugar… Pero, le faltaba el calor humano, tener un amo, perseguir palos, hacer compañía; aquello que quería, aún así su suerte parecía haber cambiado. Cada día les sacaban al aire, excepto cuando llovía o estaba nublado, veía gente que les miraban hablaban entre ellos y de vez en cuando se llevaban a un compañero. Agradecido por los cuidados, se tumbaba cada noche, pensando que allí estaría hasta que cerrase los ojos y ya no despertase.

Un día nublado les sacaron, se salía de lo normal, ¿que ocurría?. Apareció una pareja y dos niños, que miraban, sonreían, y hacían cosas con las manos. Le traía recuerdos, de aquella familia que tuvo y desapareció, dejándole desamparado, les vio que pasaban de largo. Sus compañeros saltaban y corrían, pero se quedó sentado, mirando al cielo, tuvo la intuición de volver a mirar; en la reja, la niña con los ojos abiertos como platos sonreía, ¿porque ese marrón está ahí quieto?. Levantó las orejas, sin duda  hablaba de él. Caminó hasta la reja, la olió, que paz daba, que alegría rebosaba, cuanto le gustaría que esa niña le sacase de paseo y le arrojase palos, acariciase y diese golpecitos en el costado. Notaba su bondad, su inocencia, su cariño; se acercó el hermano y dijo este es… ¡Sultán! Así se llamará y la niña dijo ¡si! ¡Sultán, te vienes!. Miraron a sus padres, estos mostraban los dientes, que raro… Desde luego que sí, Sultán se viene para casa,  no se hable más.

  • Decidido Marta.
  • Muy bien, os daré comida, la tarjeta sanitaria y  lleva ya el chip, aunque, conociéndoos, se que no es necesario decirlo;  sé que sois responsable y no es un capricho pasajero, gente como vosotros hace más falta.

Sultán salió de la habitación, con su collar y correa, al sol, al aire, sin rejas; la niña se acercó, hola ¡Sultán!,¿ me dejas que te acaricie?. Aquella caricia era el mejor regalo del mundo, su hermano le estaba acariciando tras las orejas, aquello era lo que le gustaba. Ala vamos para casa, el niño tiró de el con la correa, le siguió, estaba contento, le subieron a una furgoneta, en su cabeza, el mal recuerdo, su tragedia, ¿le volverían a sacar a pasear al campo? ¿desaparecerían tras tirarle un palo?. Si pasaba eso, había decidido no ir, ni moverse del lado de su amo.

Así fue, pararon en el campo; pero un campo con rocas, vallado, con una gran casa, árboles. No le soltaban de la correa, le llevaban hacía ella, vió un jardín y una caseta mas grande que sus cajas de cartón.

Entró en la casa, le soltaron, empezó a olisquearlo todo, se sentía perdido y confundido, subió escaleras, recorrió habitaciones, olía todo sin parar; tenía que ubicarse, reconocer el terreno y grabarse el mapa en su mente.

Sultán!. La niña lo llamaba, llegó donde estaba ella, sonriendo dijo, ¡a comer!. Allí tenía un plato con su comida, bebida y la puerta abierta; comía y bebía tranquilamente, nadie le molestaba, se volvió para ver si estaba solo y se encontró el abrazo de la niña, diciéndole vas a ser muy buen perro y te voy a sacar todos los días. Apareció su amo, le dio dos palmadas suaves en el lomo. Vamos Sultán a inspeccionar el terreno, salió con ellos, le lanzaron una pelota que botaba y botaba pero se negó a ir. Sultán ¿no te gusta correr tras ella?. El niño tuvo una idea.

-Papa lanza la pelota cerca yo voy por ella.
Hizo eso, el niño corrió, cogió la pelota, volvió donde su padre y se la dio.
-Tírala otra vez.

E hizo lo mismo, tírala otra vez y esa vez Sultán corrió con el niño,  mas rápido que el, cogió la pelota y se la llevo a su amo. Rieron todos, tendremos que ganarnos tu confianza, normal después de todo lo que has pasado.

Y así es como Sultán fue rescatado del infierno, de una vida solitaria, de una muerte temprana. Recibió cariño, cuidado, dio alegrías, compañía, volvió a ser feliz y confiar en sus amos.
Amrith13 2015
Facebooktwittergoogle_plus

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.